Marcel Broodthaers

Marcel Broodthaers, La sala blanca (1975) © Cortesía del Museo Reina Sofía

“El arte ni se crea ni se destruye solo se transforma”. Esta afirmación que parafrasea el Principio de Conservación de la Energía bien puede aplicarse a la trayectoria de Marcel Broodthaers (Bruselas, 1924 – Colonia, Alemania, 1976). Al poeta belga no le quedó más remedio que transformar su poesía en arte. Tras pasarse veinte años intentado sobrevivir de sus versos, decidió hundir en yeso cincuenta copias que habían quedado sin vender de su libro de poemas Pense-Bête. Un acto simbólico inaugural de una prolífica producción artística que podrá admirarse casi en su totalidad en las salas del Museo Reina Sofía hasta el 9 de enero de 2017.

Una retrospectiva constituye una de las exposiciones más completas jamás dedicada al artista. A pesar de su prematura muerte a los 52 años, debido a una enfermedad hepática, a Broodthaers le bastarón doce años para convertirse en una de las figuras artísticas más influyentes a nivel internacional. Entre la década de los sesenta y setenta del siglo XX, realizó un gran número de obras pertenecientes a las más variadas disciplinas artísticas, rodando incluso más de 50 cortometrajes. En esta exposición podrán contemplarse cerca de 300 piezas -entre escultura, pintura, collages, instalación y películas– acompañadas de material documental.

El estilo de Broodthaers fue completamente revolucionario, su lenguaje era nuevo y distinto. Detectó el potencial poético hasta de los elementos más impensables. A lo largo de su carrera trabajó principalmente con objetos encontrados y collages, a los que incorporó palabras influidas por versos de ‘excitadores’ del Surrealismo, como Mallarmé o Baudelaire. El artista se inspira en el Simbolismo de estos autores para producir un arte que explora el territorio de lo conceptual. Para ello, recurrió frecuentemente a tres componentes que le obsesionaron hasta el éxtasis a lo largo de toda su carrera artística: las conchas de los mejillones (plato nacional de Bélgica), las cáscaras de huevos (enteros o partidos, originales o de plástico) y los colores de la bandera de su patria querida. 

Por eso no es de extrañar que el recorrido expositivo esté plagado de piezas escultóricas que juegan con el brillo intenso del negro y la forma cóncava de las conchas de los mejillones; las composiciones realizadas a partir de cáscaras de huevo agrupados en series con guiños al Pop Art; o la articulación del negro, el rojo y el amarillo como referentes de su base pictórica. Aunque la apariencia y el soporte de las obras sean muy variados, todas comparten el mismo trasfondo. Broodthaers cuestiona la cosificación de la obra de arte reflexionando acerca de su condición como mercancía y el auténtivo valor de su esencia. También analiza el papel que juega el artista y el arte en la sociedad, así como la función de los museos. Todo ello haciendo uso del lenguaje como instrumento, al que su ingenio de alto nivel le confiere además la dimensión visual. Como consecuencia, en esta exposición será fundamental la importancia léxica y semántica, inherente a la condición de poeta de Broodthaers, y que reta al espectador (además de a desempolvar el francés), a desentrañar la delicada ironía intrínseca a sus obras.

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Marcel Broodthaers, Tríptico Sin título (1965-1966) © Cortesía del Museo Reina Sofía
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Marcel Broodthaers, Mejillones con salsa blanca (1967) © Cortesía del Museo Reina Sofía
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Marcel Broodthaers, Yz (1973) © Cortesía del Museo Reina Sofía
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Marcel Broodthaers, Mueble de salón negro (1966) © Cortesía del Museo Reina Sofía