6 obras fundamentales de la exposición de Zuloaga

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Una de las grandes exposiciones de esta temporada en Madrid es la muestra que la Fundación Mapfre dedica a Ignacio Zuloaga (Eibar, 1870-Madrid, 1945) en su sede del Paseo Recoletos. Bajo el título Zuloaga en el París de la Belle Époque 1889-1914, se podrán contemplar hasta el 7 de enero de 2018 un total de 90 obras, realizadas tanto por el pintor vasco, como por otros artistas que fueron relevantes en su trayectoria. De todas ellas, he seleccionado seis piezas fundamentales, que no os dejarán indiferentes en vuestra visita y a las que recomiendo prestar especial atención.

1_Ignacio Zuloaga, Retrato de Mademoiselle Valentine Dethomas (c.1895). Óleo sobre lienzo [200 x 120 cm]
Con tan sólo 19 años, Zuloaga se traslada a París como muchos de los pintores que buscaron en la capital francesa nuevas formas de entender el arte.  Desde 1889, Montmartre se convertirá en su residencia de manera intermitente durante más de 25 años, coincidiendo con relevantes artistas españoles como Santiago Rusiñol, un jovencísimo Picasso, Hermenegildo Anglada Camarasa o Joaquim Sunyer, entre otros. Sus inicios como retratista fueron muy pobres. No tenía dinero para costearse las modelos y representaba a personas de su entorno familiar como su hermana, su padre, su tío o sus primas. Hasta que su amigo, el pintor Maxime Dethomas, le presentó a su hermana y futura mujer Valentine Dethomas con la que se casó en 1899. La protagonista de este gran lienzo, le insertaría en un sofisticado círculo intelectual de amistades y aumentaría su popularidad entre la burguesía parisina. En la pintura podrá apreciarse la costumbre de Zuloaga de dibujar el personaje descentralizado del lienzo con una pose en movimiento como si se tratase de una instantánea. La utilización de colores sobrios, los fondos oscuros y la simplificación de las formas, serán una constante en las obras de Zuloaga, que hace uso de algunos de los recursos del Simbolismo a pesar de no pertenecer al movimiento.

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Ignacio Zuloaga, Retrato de Mlle. Valentine Dethomas (c.1895) © Cortesía Fundación Mapfre

2_Ignacio Zuloaga, Víspera de la corrida (1898). Óleo sobre lienzo [222 x 302 cm]
La obra Víspera de la corrida es sin duda una de las obras maestras de Zuloaga en esta exposición. El pintor la realizó en la localidad sevillana de Alcalá de Guadaira y en ella los protagonistas son los elementos taurinos y los coloridos trajes con mantillas de motivos florales de las mujeres. Desde 1893 el pintor pasaría largas temporadas en Sevilla, donde conoció personalmente a su amigo el artista Émile Bernard, que ya gozaba de gran reconocimiento por su participación en la Escuela de Pont-Aven y por el importante papel que jugó en la creación del Simbolismo. Sin embargo, a pesar del rechazo del comité, Zuloaga decidió presentar la obra a la exposición de la Libre Esthétique de Bruselas en 1900, donde fue adquirida por el Estado belga, pasando a formar parte de los Museos Reales del país. Lo cierto es que en aquella época la obra era propiedad de su gran amigo y célebre pintor Santiago Rusiñol, al que Zuloaga se la había vendido el año anterior por 500 pesetas. Como recompensa por dejarle presentar la obra, Zuloaga le regaló su cuadro El reparto del vino, que podrá contemplarse también en esta exposición en una de las salas de la primera planta.

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Ignacio Zuloaga, Víspera de la corrida (1898) © Cortesía Fundación Mapfre

3_Ignacio Zuloaga, Retrato de la condesa Mathieu de Noailles (1913). Óleo sobre lienzo [152 x 195,5 cm]
El género del retrato experimentó un gran desarrollo en el siglo XIX en capitales como París o Londres, a modo de reafirmación de la nueva clase social en alza: la burguesía, que utilizará este gran género de la pintura como medio de promoción social. La condesa Mathieu de Noailles, de origen greco-rumano y nacida como princesa Anna Elisabeth Bibesco-Bassaraba de Brancovan, era una poetisa fuertemente ligada al Simbolismo y uno de los personajes más destacados del París de la Belle Époque. Zuloaga la retrata recostada en una chaise longue, con una mirada que muestra su seguridad en sí misma y con una postura elegante y sofisticada. A ambos lados un gran telón de pesados cortinajes delimita los límites del cuadro aportando monumentalidad y teatralidad a la escena. A la derecha, en un primer plano, el pintor dibujó una pequeña mesa con objetos que evocan la personalidad de la condesa, entre ellos un libro como señal de su devoción por la literatura. Actualmente la obra pertenece al Museo de Bellas Artes de Bilbao tras ser donada por Ramón de la Sota en 1919. La condesa también fue retratada por otros artistas representativos de la época como Auguste Rodin, Jacques-Émile Blanche y Antonio de la Gándara. En la exposición se podrán contemplar los lienzos de ambos pintores, así como el busto de terracota realizado por Rodin en 1906.

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Ignacio Zuloaga, Retrato de la condesa Mathieu de Noailles (1913) © Cortesía Fundación Mapfre

4_Auguste Rodin, La Avaricia y la Lujuria (1887). Bronce [21 x 52 x 42 cm]
Uno de los mejores amigos Zuloaga fue Auguste Rodin. Ambos expusieron conjuntamente su obra en Düsseldorf en 1904, Barcelona en 1907, Frankfurt en 1908 y Roma en 1911, lo que hizo que entablaran una gran amistad hasta la muerte del célebre escultor en 1917. Viajaron juntos a España e intercambiaron obras en varias ocasiones. Una de las piezas que Rodin le entregó a Zuloaga fue La Avaricia y la Lujuria, escultura realizada en bronce que representa dos de los siete pecados capitales. Del mismo modo Zuloaga le obsequiaría con una de sus pinturas de mayor reconocimiento El alcalde de Torquemada, obra que en el extranjero fue considerada como la viva representación de la realidad española. La exposición dedica una sección especial a las esculturas de Rodin, que se encuentra a continuación de la sección que ilustra la faceta de coleccionista de Zuloaga. Con tan sólo veinte años Zuloaga compra una pintura atribuida a El Greco y a partir de entonces, comenzará a coleccionar obras de sus maestros de referencia: Velázquez, Goya, Zurbarán y El Greco. En 1908, ya tendría configurado el grueso de su colección con doce obras de El Greco, entre las que destacan La Anunciación (1609) y San Francisco de Asís (1609).

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Auguste Rodin, La Avaricia y la Lujuria (1887) © Cortesía Fundación Mapfre
5_Pablo Picasso, La Celestina [La tuerta] (1904). Óleo sobre lienzo [74,5 x 58,5 cm]
Sin duda, una de las piezas excepcionales de la exposición es La Celestina de Picasso, obra procedente del Museo Picasso de París, que únicamente se había mostrado en España en el año 2003 con motivo de la inauguración del Museo Picasso de Málaga. A pesar de que la celestina de Picasso se exhibe enfrente del cuadro que realizó Zuloaga con el mismo título dos años después, las obras son completamente diferentes. La alcahueta de Picasso nada tiene que ver con lo exótico. Al contrario, el pintor retrata a una mujer de avanzada edad con un ojo tuerto que se convierte en el centro del cuadro. Esta pieza es considerada una de las obras fundamentales del periodo azul de Picasso. El lienzo destaca por la intensidad de sus tonos azules con los que ha sido pintado prácticamente en su totalidad, salvo por el color rosado que rodea las mejillas de la alcahueta. En cambio en la obra de Zuloaga, la celestina está dibujada en un segundo plano, tras una puerta acristalada, por lo que el centro de atención del cuadro es la prostituta semidesnuda y engalanada que espera sentada en la habitación dibujada en primer plano.

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Pablo Picasso, La Celestina [La tuerta] (1904) © Cortesía Fundación Mapfre
6_Ignacio Zuloaga, Retrato de Maurice Barrès (1913). Óleo sobre lienzo [203 x 240 cm]
Zuloaga se despide de los motivos andaluces en 1904 y, a partir de entonces, Castilla se convierte en la protagonista de sus escenarios como símbolo de la esencia española. El pintor retratará paisajes de pueblos que no han sido contaminados por la modernidad y que a su modo de ver eran la manifestación de una tradición eterna. Es importante mencionar que Zuloaga mantuvo un fuerte contacto con Castilla, ya que dispuso de su propio taller en Segovia a partir de 1898. En este retrato de Maurice Barrès, Zuloaga relaciona paisaje y figura, dividiendo la composición en dos y haciendo uso del carácter escenográfico tan habitual en sus pinturas. En esta obra además, logra unir la tradición española con la francesa retratando al conocido hispanista francés junto a las vistas de Toledo en una composición donde figura y fondo comparten el mismo protagonismo. En las obras de Zuloaga se percibe el talento del artista para no solo representar la realidad, sino imprimir su carácter.

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Ignacio Zuloaga, Retrato de Maurice Barrès (1913) © Cortesía Fundación Mapfre